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Diez temporadas en Grandes Ligas
Un enmascarado de apellido Casanova

Publicado el 02-04-2012
Paulino Casanova en sus años
de esplendor en el beisbol de
grandes ligas en el equipo
Senadores de Washington.
Por Roberto PELÁEZ
Corren los primeros días de agosto de 1973, y otra vez se miden los Gigantes de San Francisco y los Bravos de Atlanta en el beisbol de Grandes Ligas. En el graderío no cabe un alfiler. Entonces son pocos los equipos en contienda y mucha la pasión.
Aunque tiene dos corredores en bases, el caballo de batalla de los Gigantes de San Francisco, el inmenso Juan Marichal no se inmuta, en ciento de situaciones parecidas apeló a su control y salió airoso... es un pitcher de grandes momentos, una estrella, y ya se sabe que los ‘monstruos’ se dan de tarde en tarde.
En las gradas un fanático discute con el que tiene al lado y su voz ronca se deja escuchar: Marichal no le envidia nada a Sandy Koufax ni a Bob Gibson.
El derecho dominicano da la espalda al home y muestra el número 27, su vista se pierde en las praderas que conforman el jardín derecho y central. Se vuelve, respira profundo y se decide a ‘matar’ la entrada.
Paulino Casanova se sacude los spikes, no es un gran bateador, pero eso sí, es muy oportuno, se crece y la da a la hora buena, se encamina a la caja de bateo y de pronto recuerda una vieja canción que tarareaba en su natal Colón, Matanzas, en la lejana Cuba... yo te daré, te daré una cosa, una cosa que yo solo sé, ¡cabilla!
Casanova tras el home play
El 21 de diciembre de 1941 llovió muchísimo en Colón, pero la familia Casanova apenas se enteró, ese día vino al mundo Paulino, quien con los años se convertiría en un magnífico catcher defensivo, dueño de un potente brazo, y por si fuera poco bateador aceptable con compañeros en circulación.
Jugué 10 temporadas en la gran carpa (debutó el 18 de septiembre de 1965 y se mantuvo activo hasta el ‘74), estuve siete campañas con los Senadores de Washington y tres con los Bravos de Atlanta, eran pocas las selecciones, no era como ahora que hay 30 equipos, además de la lista de lesionados, y no vamos a hablar de los salarios, aquellos eran otros tiempos y cada época con lo suyo, explica el otrora enmascarado.
Traigo la pelota en la sangre, me gusta enseñar, aunque creo que cada uno tiene su estilo, reflexiona.
“Seguí de cerca su carrera”, dice Rodolfo de la Cruz -un aficionado que no peina canas... es calvo, pero tiene buena memoria-, “él fue de los primeros que tiró a las bases agachado, apoyado en la fortaleza de su brazo, y tenía buen tacto, solo lo poncharon 349 veces en más de dos mil 900 turnos, además a los pitchers de entonces como Sandy Koufax, Bob Gibson, Don Drysdale, Tom Seaver, Nolan Ryan, Luis Tiant, Miguel Cuellar y el propio Marichal, había que decirle USTED, para sacar el bate había que ser jorocón de verdad”, subraya.
“A mi me decían en Cuba El ponchón del Vedado, pero recuerdo bien que Casanova fue el catcher en un juego de 22 entradas y eso lo han hecho muy pocos en las Grandes Ligas, no es fácil estar detrás del home seis o siete horas seguidas, y así cansado dio una caña, incluso puso out a varios que salieron a buscar otra base, tenía un cañón en el brazo”, asevera Santiaguito Durruthy, fanático número uno de los Bravos de Atlanta.
Un vistazo a las estadísticas de Paulino Casanova permiten afirmar que en la temporada de 1966 bateó 109 jits, al año siguiente 131, muchos de ellos ante pitchers de otra galaxia, de esos que siempre iban al seguro. Sumó también 87 dobletes, 12 triples y sacó la bola del parque en 41 oportunidades. “No lo vamos a comparar con Mike Piaza ni con Iván Rodríguez, pero el matancero no era un out vestido de pelotero”, añade José Luis Mendoza, presidente de Las Vegas Baseball League, “escuché hablar de él en Durango, entonces seguíamos la pelota por radio, era la época en que los pitchers tiraban la pelota por debajo de la tierra”, sentencia.
Me alegra que se juegue pelota en Las Vegas, expresa el ex ligamayorista, todo no es futbol y maquinitas, les puedo decir que en el béisbol uno hace amigos para toda la vida.
- A sus 70 años le gustaría tener un turno al bate, le dice Mendoza.
Casanova lo mira y suelta una carcajada que se escucha en el jardín central. Mejor no, dice, el agua no está pa’ chocolate.
Aquel juego de 1973
Casanova entra al cajón de bateo y el coach de tercera le grita ‘a todo lo que se parezca’. Tengo que poner la bola en juego piensa. Su rolling toma movido al segunda base y sigue hasta el jardín de la derecha. Los Bravos marcan una y se ponen delante. Marichal amarra cortico y sus compañeros apoyan su labor. Ganan los Gigantes. Esa noche el cubano no duerme, se siente en la gloria.
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